Charliesheen
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Bio: Alicia era una hermosa jovencita, de rubios cabellos deliciosamente ondulados, que se derramaban sobre sus hombros como torrentes del sol. Sus ojos azules, de mirar penetrante y sensual, cautivaban por su pícara ingenuidad.

A pesar de su juventud ya exhibía las sabrosas elipses de un cuerpo de mujer, que otorgaban a la doncella un atractivo a la vez inocente y lujurioso. Toda ella derramaba una casta seducción, prometedoras sensaciones para el afortunado que pudiese desvelar sus íntimos secretos y degustar los virginales frutos que tan singular belleza escondía.

Su hermana Saula, casi diez años mayor que ella, llevaba al campo los libros que el padre de ambas obligaba a leer durante las vacaciones estivales.

–Habéis de examinar cada día diez capítulos –ordenaba el padre. –Y a la vuelta charlaremos sobre vuestras lecturas.

Las hermanas pasaban largos ratos cumpliendo el encargo, para tener algo que exponer al progenitor a su retorno a casa. Pero Alicia siempre abandonaba la lectura antes que Saula, pues sus ojos saltaban por los renglones más prestos que una liebre en el ejido. Cansada de la lectura, se quedaba dormida junto al libro, con la agradable brisa besando su rostro y acariciando los senos sobre el vestido o los muslos de sus piernas descuidadamente expuestos al dormir.

En aquel sitio, pensaba Alicia, nunca ocurría nada interesante. Su hermana mayor se conformaba con encontrar el mejor lugar a la sombra, resguardado del riguroso castigo del implacable verano, y sumergirse en la lectura de aquellas voluminosas historias románticas que tanto le gustaban.

Y aunque Saula quiso adiestrar a Alicia en los pormenores del enamoramiento y las delicias de la compañía y atenciones de un mancebo. La pequeña ponía muecas de asco y desatendía la oferta.

Ella sabía que Saula ya se había amancebado con el hijo del vecino. Los había pillado en el granero, revolcando sus caricias sobre las pajas. Pero nunca había sentido hasta entonces la lujuriosa llamada de aquel tipo de placeres.

Vino a despertar a Alicia el sonido de una voz lejana, que con a momentos se iba tornando más clara. Se incorporó para ir a ver de qué se trataba.

–No te alejes mucho Alicia.

–No. No te preocupes –contestó Alicia según se alejaba corriendo hacia la voz lejana.

Antes de llegar hasta un camino flanqueado por árboles centenarios que prolongaban sus sombras muchos metros a ambos lados, la voz había cesado. Agudizó el oído, buscando cualquier susurro. Escuchó los cantos de los pájaros y el canto de las hojas bailando con la brisa. Percibió el diálogo de las chicharras, pero no quedaba ni rastro de la misteriosa voz que la había sacado de su sueño.

El zagal andaba con prisa, como ido. Sin duda resultaba un tanto peculiar. No paraba de gritar. “Voy a llegar tarde, estoy convencido. Voy a llegar tarde”

A la rareza del mozo se sumaba otra, la de su presencia, ya que aquel camino era muy poco transitado. En las excursiones de días anteriores Alicia tan solo había visto dos personas. Un carro tirado por bueyes en el que viajaba un pastor gordo con dos ovejas y que preguntó a Alicia sobre lo qué hacía allí tan sola.

–No estoy sola, mi hermana está más allá, detrás de aquel árbol, leyendo –Había respondido Alicia.

Y en otra ocasión una mujer anciana vestida de negro, cuyo pañuelo impedía verle bien la cara y que ni siquiera correspondió al saludo de Alicia.

Alicia se escondió y el muchacho no se percató de la presencia de la niña, que se había ocultado tímida ante la posibilidad del encuentro.

Él se orilló a un lado del camino, justo donde Alicia se había agachado tras las zarzas. Venía con necesidad de aligerar aguas. Extrajo de los pantalones una grandísima culebra, que no parecía terminar de salir, y comenzó a orinar.

Sin duda era el primer bálano masculino que Alicia veía tan de cerca.

En algunas revistas que había visto junto a sus amigas en el colegio ya había comprobado la forma y el tamaño con el que estaban dotados los chicos. Pero el del muchacho que ahora orinaba frente a ella era con diferencia mucho más grande que aquellos otros. Aun cuando Alicia lo hubiese agarrado con ambas manos, apenas podría llegar a albergar la mitad de aquella manga.

Alicia sintió de repente crecer una especie de arrebato viendo aquello. Era púber nunca se habían despertado en ella aquellas sensaciones. Pero ahora algo había cambiado de repente. De forma furtiva, agazapada allí y observando tan de cerca la majestuosidad de semejante culebra, encontró que la invadían sensaciones placenteras. Sintió de golpe el impulso de quedarse desnuda, invadida por gustosísimas sensaciones prohibidas. Se quitó las bragas sigilosamente para no ser escuchada por el zagal y las guardó en el bolsillo del vestido de forma taimada.

El muchacho terminó de orinar pero comenzó a acariciar la culebra que mostraba ganas de engordar y ciertamente lo hacía.

Alicia sintió mil gusanos correr por su estómago y le inundó la más febril de las excitaciones. Remangó la falda por delante y se miró la tierna rajita nacida de la unión de sus muslos.

Subió la faldita por detrás y la dejó trabada entre su cuerpo y el cinturón, mostrando desnudas sus níveas nalgas, que quedaban totalmente expuestas sin las braguitas. Imaginó su boca junto a la culebra del muchacho, que seguía acariciándola, escupiendo su mano derecha y estirando la saliva por la cabeza que asemejaba un casco militar rojo y brillante.

Ella, escondida en cuclillas tras los arbustos, mirando las caricias que se regalaba el infante, llevó una mano obscena hasta el trasero, acariciando la nalga e internando un dedito entre ellas, hasta rozar el agujerito prieto y el comienzo de su tierna hendidura.

Se imaginaba sobada y manoseada con descaro por sus compañeros de clase, los más obscenos, aquellos que la miraban siempre procurando verle las bragas bajo la falda. En especial le resultaba sugerente la imagen de las manos de Dani tocándola. Dani era rubio como ella y estaba enamorada de su indiferencia. Aunque el chico ya había pellizcado el trasero de Alicia una vez, cuando nadie los veía, sin pedir permiso. A ella le había gustado sentir el delicioso pellizco allí, en la nalga, tan cerquita de donde no debía.

Alicia notó que de su gatito brotaba una sustancia escurridiza, que al contacto con la yema del dedo que metió entre las piernas provocó que éste corriera gustoso entre las rebanadas tiernas de la niña.

Separó las rodillas y corroboró con más caricias que el placer que sentía libertaba en la raja nuevos y abundantes sudores. Los pétalos de aquella tierna flor se abrieron deseosos de ser transitados y ella los recorrió entrecerrando los ojos por el placer. Circulando y jugando con el dedo, con su respiración pesada y la imagen de Dani en sus recuerdos casi se cae. A punto de descubrir su camuflaje.

Alicia se ruborizó imaginando lo qué hubiese pasado si llega a pillarla así como estaba. Aquel chico desconocido hubiese podido contemplar la falda remangada y cogida al cinturón, las nalgas y las ingles desarropadas, el dedo averiguando en la boca del gatito la procedencia de las efusiones resbaladizas.

La gran culebrota del chico sobrepasaba la mitad del muslo. Miró el reloj y tras agotar la meada bruscamente tapó, no sin esfuerzo, semejante ingenio con los calzones y siguió su camino apresurado, mirando el reloj.

–Voy a llegar tarde, estoy convencido. Voy a llegar tarde.

Alicia olvidó a su hermana “No te alejes Alicia” le había dicho. Se incorporó de forma rauda en el mismo momento en el que el muchacho, al doblar el camino, se perdió de vista. Echó a correr tras él, mostrando las redondas esferas traseras en el ondear de su faldita.
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